viernes, 14 de noviembre de 2008

veinte

debían ser las nueve o las diez de la mañana cuando sebastián agarró sus carpetas con las hojas aun tibias de su paso reciente por la impresora, la tinta aún estaba fresca cuando agarró el ascensor, mientras subía se le ocurrió que el ascensor tan amplio, casi tan grande como una pequeña cancha de fútbol y recién pulido y aséptico tenía bastante de quirófano, así mismo los baños estaban tan limpios que bien se podía servir un rollo de atún con el sanitario como plato, juanito hacía un excelente trabajo. al llegar al piso de la oficina de maruja encontró que no había nadie. las luces estaban apagadas y lo único que centellaba como animalito asustado en el rincón más lejano de la oscuridad era el titileo de estrella prehistórica del detector de movimientos. si sebastián hubiera llegado doce horas mas temprano habría encontrado a maruja sodomizada por dos hombres. ninguno habría sido el abogado y a maruja poco le importaba. sebastián se cansó de esperar al ascensor y bajó por las escaleras, trató de esquivar los charcos de la luz, pero no resistió la tentación de ver a través de los ventanales y la mañana le hirió los ojos y sebastián sintió calor y ganas de orinar y de pasar la noche con maruja, miró la hora y no eran ni las nueve ni las diez de la mañana, eran las tres de la tarde.

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